Londres 1993

Terminaba la fiesta y no me di cuenta. Un viento lisérgico hizo volar las páginas de un periódico (creo que era The Guardian) por un cielo recién amanecido. No podía dejar de mirarlo. Había un tipo que parecía Hendrix tocando el tambor. Con la luz del día vi que le sangraban las manos de tanto golpear el cuero, aunque parecía no importarle. Me mareaba al mirar las gotas de sangre salpicando al repicar. Son las drogas –pensé–, así que entré en la casa. Quizá me lo imaginé, pero me pareció que habían arrancado la barandilla de la escalera y que había excrementos en la moqueta. Al salir, estuve a punto de ser atropellado por un coche al cruzar la calle. Me equivoqué al mirar. Estábamos en Londres.

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