Etiquetas
“¿Encontraría a la Maga?” Así de apabullante es el comienzo de las andanzas de Horacio Oliveira por las calles del París bohemio e intelectual de mediados del siglo XX. En esa ciudad, aureolada de jazz y existencialismo, sitúa Cortázar un juego literario de alto voltaje. Imposible para el lector resistirse a una invitación como esa.
Oliveira y Lucía, alias la Maga, se enredan en un juego de casualidades fingidas que consistía en citarse vagamente en un barrio de la ciudad, sin concretar el lugar ni la hora. Así, la posibilidad de encontrarse quedaba al albur de la ruta elegida por cada uno. Doblaban esquinas, saltaban charcos, cruzaban puentes, se detenían en escaparates, pensando en dónde estaría el otro, en qué lugar se produciría el encuentro. Los encuentros eran, a veces, tan increíbles, que el lector pronto empieza a preguntarse si la casualidad no será fingida.
“No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado.”
Tengo la sensación desde hace unos meses, de que nuestros gobernantes quieren retarme a este juego que jugaban Oliveira y la Maga. Me da la impresión de que me citan sin dar detalles, esperando que -absurdamente, porque su labor se ha convertido en un constante ejercicio del absurdo- me los encuentre al volver la esquina.
Declaran que “habrá cambios”, de forma enigmática, sin dar detalles, y ya empiezo a temer que habré de encontrarme de sopetón, al sentarme frente a la tele, con el rostro de un señor anunciando que despedir profesores es bueno para la calidad de la educación. Me habían citado.
Afirman que “hay que seguir haciendo los deberes” (qué fijación tienen por las metáforas simplonas) y entiendo que se han puesto en camino, cruzando parques, vadeando charcos, revolviendo esquinas, para encontrarse a una hora y en un lugar incierto conmigo y anunciarme, a través de la voz gangosa de un ministro o los balbuceos de otro, que bajan los sueldos y suben los impuestos. “Es que habíamos quedado, nos habíamos citado”, dirán.
La técnica funciona hasta el punto de tenerme casi convencido de que poseo poderes telepáticos, de que sé que, por mucho que parezca que las citas son aleatorias, los planes están trazados de antemano. Es un juego amañado. Nuestros gobernantes saben cómo acaba. Saben que habrá empobrecimiento para muchos y que unos pocos seguirán medrando. Aún así, me siguen citando, siguen escenificando esta especie de rayuela.
A veces, sin embargo, pienso en qué pasaría si algún día, después de citarnos sin hora y lugar, no nos encontráramos.
Imagen: Buenos Aires Street Art
La verdad es que no me gustaría encontrarme con ninguno de esos politicuchos de pacotilla que juegan a un juego en el que ellos siempre ganan, en el que entre ellos fijan el ganador cada vez y en el que nunca juegan limpio, porque no sé si me podría contener de decirles todas las barbaridades que en estos últimos tiempos se me han pasado por la cabeza con cada una de sus acciones, y después me sentiría mal de no haberme contenido. Tonto que es uno